martes, 11 de mayo de 2010

Estudiando japonés

Una de las cosas que más me animó a solicitar la beca Monbukagakusho es que incluye un curso intensivo de japonés durante los primeros meses antes de comenzar el periodo de investigación. No es que se necesite saber japonés para desarrollar el proyecto de investigación, puede hacerse en inglés, pero para el día a día en Japón es necesario saber hablar japonés y el curso está orientado en este sentido. El conocimiento del inglés en Japón es como en España, prácticamente nulo. La gente se sorprende de que en países como Vietnam uno pueda apañárselas perfectamente con el inglés y en un país desarrollado como Japón no. Hagamos un pequeño ejercicio de reflexión y miremos hacia nuestro país...

En cualquier caso, yo no sólo necesito saber japonés sino que realmente quiero aprender. Así pues, desde el inicio del curso académico a principios de Abril estoy inscrito en un curso de japonés de 5 horas al día de lunes a viernes para todos los estudiantes Monbukagakusho de la Universidad de Tsukuba.



El curso es impartido por el departamento de estudios lingüísticos y se apoya en libros de texto editados por la propia Universidad. Lo cierto es que la técnica de enseñanza que aplican es bastante útil. Cambiamos constántemente de profesor/a y cada uno es un mundo, por lo que el horario no se hace nada rutinario. Cada lección se enmarca dentro de un ejercicio práctico de la vida cotidiana, por ejemplo: presentarnos y presentar a otras personas, comprar en una tienda, preguntar direcciones, etc. Super útil para el día a día en Japón. Lo mejor de todo es que la inmersión cultural maximiza el aprendizaje, de forma que al salir de las clases puedo aplicar lo que he aprendido en el combini de la esquina o preguntando al conductor del autobús.

Por supuesto, no todo es tan bonito. Aprender japonés cuesta mucho, lo encuentro infinitamente más difícil que el vietnamita, que ya me tocó aprender en su momento. Los profesores imponen un ritmo al curso y calculan que para el final del mismo el alumno debe ser capaz de desarrollar su vida cotidiana en Japón de forma más o menos cómoda. Por algo lo llaman curso intensivo. A lo largo del mismo día la temática varía entre clase y clase y hay que estar al 100% en cada una de ellas. De afinar el oído con el listening pasamos a memorizar la escritura y lectura de kanji y luego pasamos a practicar modelos de conversación típicos. La vuelta a la vida de estudiante ha sido total, no faltan los malditos deberes para el día siguiente, por lo que además de las 5 horas de clase algunos días hay que sumar 1 o 2 horas más en la biblioteca practicando en el cuadernillo de kanji o rellenando las hojas de ejercicios entregables. Durante el fin de semana toca leerse la siguiente lección para llegar el lunes y poder trabajar con material nuevo. En fin, es un trabajo como otro cualquiera al que le tienes que dedicar parte del día, sólo que en este caso el beneficio repercute en mi formación.

Al contrario que el vietnamita, la principal barrera del japonés es sin duda la escritura, mientras que la pronunciación es sencilla. La escritura japonesa se compone de los silabarios hiragana y katakana y los kanji, caracteres de origen chino. Los tres sistemas de escritura conviven en perfecta armonía y es habitual que a lo largo de una misma frase se entremezclen entre sí, aunque hay cierto orden; cada sistema se emplea para escribir palabras de forma diferente: el hiragana se compone de sílabas y se utiliza para palabras de origen japonés; el katakana también se compone de sílabas y se utiliza para palabras de origen extranjero; el kanji es un ideograma y expresa un concepto, aunque a veces es necesario utilizar varios kanji para expresar una palabra compleja. En teoría es posible escribir en japonés con cualquiera de los tres sistemas y es por ello que primero se aprende hiragana, luego katakana y por último kanji, el que más dolores de cabeza trae.

Así, al cabo de una semana de clases ya era capaz de leer y escribir en hiragana, por ejemplo, Soy Alberto. Mi país es España. Soy un estudiante extranjero de la Universidad de Tsukuba. Mi especialidad es informática.

わたしはALBERTOです。くにはSPAINです。わたしはつくばだいがくのりゅうがくせいです。わたしのせんもんはCOMPUTERです。

watashi wa ALBERTO desu. kuni wa SPAIN desu. watashi wa Tsukuba daigaku no ryūgakusei desu. watashi no senmon wa COMPUTER desu.

Al cabo de dos semanas ya era capaz de leer y escribir en katakana las palabras de origen extranjero.

わたしはアルベルトです。くにはスペインです。わたしはつくばだいがくのりゅうがくせいです。わたしのせんもんはコンピュータです。

watashi wa aruberuto desu. kuni wa supein desu. watashi wa Tsukuba daigaku no ryūgakusei desu. watashi no senmon wa konpyūta desu.

Después de tres semanas empezamos a estudiar los kanji, que representan palabras de origen chino o japonés mediante ideogramas. De esta forma, la longitud de las palabras se reduce considerablemente. Podéis apreciar cómo los tres sistemas de escritura conviven en la misma frase.

アルベルトです。スペインです。筑波大学留学生です。専門コンピュータです。

watashi wa aruberuto desu. kuni wa supein desu. watashi wa Tsukuba daigaku no ryūgakusei desu. watashi no senmon wa konpyūta desu.

Superada la barrera inicial del hiragana y el katakana el idioma se hace más accesible, pero a partir de este momento comienza la interminable labor de estudiar kanji. 1945 kanji es la cifra que el Ministerio de Educación de Japón definió como la lista de kanji más utilizados así que la cosa va para largo...



Aprender japonés es todo un reto y estudiarlo más de 5 horas al día en ocasiones llega a saturar, pero pocas veces en la vida se presenta la oportunidad de dedicarte por completo al estudio de un idioma y encima sacar ventaja de la inmersión cultural. Cuando finalice el curso intensivo dentro de unos meses tendré que dedicarme al proyecto de investigación y dejar el estudio del japonés en segundo plano por lo que hasta entonces intentaré aprovechar al máximo las clases.

Como dicen por aquí, ganbatte kudasai!

jueves, 22 de abril de 2010

La residencia Ichinoya

Casi sin darme cuenta ya ha pasado un mes desde que llegué a Japón, por fin encuentro tiempo para contar mis experiencias aquí. Lo primero de lo que quiero hablar es de la residencia Ichinoya, el lugar donde he estado viviendo todo este tiempo. Fue mi primera toma de contacto con Japón (fui directo desde el aeropuerto) y donde más tiempo pasé los primeros días hasta que comenzó el año académico en la Universidad.



La Universidad de Tsukuba tiene varias residencias para estudiantes repartidas por el campus. Ichinoya es la residencia donde habitualmente viven los estudiantes extranjeros y donde la Universidad aloja a los estudiantes recién llegados como yo. No hay opción de escoger otra residencia antes de venir a Japón pero en cierto modo es un alivio que la Universidad se encargue del alojamiento porque así uno no tiene que preocuparse de dónde dormirá a su llegada.



El periodo de estancia para los estudiantes extranjeros es de un año; al cabo de ese tiempo tienen que volver a solicitar plaza en la residencia al igual que el resto de estudiantes japoneses, o bien mudarse a un apartamento. Yo ya lo tenía claro antes de venir a Japón: después de pasar cuatro años de mi vida en un Colegio Mayor en Madrid durante mi época universitaria he tenido suficiente, quería mudarme lo antes posible y he dedicado todo mi tiempo libre y esfuerzo durante el pasado mes a buscar un apartamento. Eso explica que no haya tocado el blog desde que llegué.



Al margen de que haya vivido antes en un Colegio Mayor, lo cierto es que la vida en Ichinoya no es nada confortable. La residencia es vieja de cuando la Universidad se fundó hace 30 años y las instalaciones apenas se han renovado. Entre otros inconvenientes, el edificio donde vivía estaba poco aislado del frío y de la humedad, la calefacción la quitaron justo cuando llegué yo en Abril y ¡sólo dispone de agua caliente de 2pm a 10pm!. He pasado un mes horrible por las noches, muerto de frío, teniendo que dormir con varias capas de ropa y con calcetines, yo que tanto adoro el clima tropical de Vietnam. El clima de Japón no ha ayudado, este año la primavera ha sido una de las más frías que se recuerdan. Cuando pensaba que ya no podía hacer más frío me encuentro con que una noche se pone a nevar, ¡a mediados de Abril!, ¡¡después de la Sakura (florecimiento de los cerezos)!! Sin duda lo que peor he llevado es no tener agua caliente a cualquier hora, ya que estoy acostumbrado a ducharme por las mañanas toda mi vida. Ha sido el aliciente que necesitaba para buscar desesperadamente un apartamento donde mudarme cuanto antes.



Hay estudiantes que pueden vivir sin ducharse por las mañanas y un baño caliente en el ofuro (bañera) antes de dormir es cuanto necesitan. Quizás para ellos es más fácil aguantar un año viviendo en Ichinoya, de paso pueden ir ahorrando dinero ya que el coste de vivir en la residencia es bastante barato, sólo 15.000 ¥. Con gastos de luz y agua aparte apenas llega a los 20.000 ¥, lo que significa una séptima parte de la dotación de la beca Monbukagakusho. Así, la mayoría de estudiantes aguanta unos meses o todo un año en la residencia y cuando han ahorrado lo suficiente se mudan a un apartamento, cuyo precio ronda entre 30.000 y 60.000 ¥ (en Tsukuba, claro. En Tokyo ni de broma).



La residencia dispone de algunas instalaciones comunes, como el Community Center, donde se encuentra la cantina, tiene cuatro o cinco platos básicos por menos de 4 euros, un chollo. También hay un pequeño combini (convenience store) donde comprar cosas de primera necesidad y una tienda de electrodomésticos de segunda mano.





Luego en cada edificio también hay cocinas y salas de lavandería compartidas por los residentes. La cocina da bastante asco, lleva años sin limpiarse, pero algunos estudiantes prefieren cocinar su propia cena ya que el menú de la cantina es bastante limitado.





Las habitaciones no están mal de tamaño, para ser Japón me esperaba algo más pequeño, pero tienen lo básico: cama, armario, mesa y silla harto incómoda.







Lo más curioso sin duda es el baño, que es de estos pre-fabricados donde el espacio está aprovechado al máximo. La solución de ingeniería para compartir un mismo grifo para la ducha y el lavabo le deja a uno sin palabras, luego te explican que en Japón los baños de las casas son así por lo general. Siempre lo hemos dicho, "están más avanzados que nosotros". ;-)



Lo mejor que tiene la residencia son los alrededores, está rodeada de bosques y parques donde se respira mucha tranquilidad, quizás demasiada ya que Ichinoya está algo alejada del centro del campus. No hay casi nada alrededor, ni restaurantes, ni tiendas, pero verde todo el que quieras. El día que hace buen tiempo los estudiantes se reúnen en torno al lago para hacer hanami (tradición japonesa de contemplar cerezos en flor), picnics y barbacoas.





A pesar de todo no voy a guardar un mal recuerdo de mi estancia en Ichinoya y a menudo me pasaré, allí he conocido al grupo de estudiantes extranjeros con el que me muevo en Tsukuba. Y es que los primeros días en la residencia se llevan mejor si puedes compartir tus penas con otros recién llegados. Como nos han metido a todos juntos no hemos tardado en conocernos y ser amigos. Yo he sido el primero en abandonar la residencia pero no me he ido a vivir lejos, con el tiempo uno tras otro acabarán haciendo lo mismo.



Comienza una nueva etapa en Japón tras mi paso por Ichinoya.

jueves, 1 de abril de 2010

Me voy a Japón

En estos momentos estoy volando rumbo a Japón.

Pasaré los próximos tres años de mis vida investigando en la Universidad de Tsukuba, Tsukuba, Ibaraki, gracias a la beca Monbukagakusho que me ha concedido el Gobierno de Japón.



Estoy muy feliz por haber conseguido esta beca ya que me permitirá cumplir una serie de objetivos que me propuse en su día cuando decidí lo que quería hacer con mi vida:

- Volver a vivir y a viajar en Asia (después de vivir un año en Vietnam y viajar por muchos países tenía claro que quería seguir viviendo experiencias y aventuras en el lejano oriente).
- Continuar trabajando en materia de Seguridad de la Información y especializarme en un área concreta. En este sentido, esta beca me permitirá continuar con mi proyecto de investigación sobre seguridad en teléfonos móviles que arrancó con la publicación del proyecto de fin de carrera sobre Seguridad en Bluetooth y ha conseguido frutos tan importantes como el descubrimiento de la vulnerabilidad más crítica en teléfonos Windows Mobile.
- Ampliar mis estudios con un Master universitario.
- Aprender japonés, que probablemente me resulte más práctico que el vietnamita (con el que me defiendo a nivel básico).

Esta es la segunda vez que tengo que decir adiós a mi familia y a mis amigos pero la incertidumbre es menor que cuando me fui a Vietnam. Sé que volveré pronto de vacaciones y que me iréis a visitar, para todo lo demás estamos a una llamada de teléfono de distancia. ;-)

Seguiré actualizando el blog por todos vosotros. Me marcho a perseguir mis sueños.

miércoles, 17 de marzo de 2010

Sapa III - Ruta en moto por las montañas

El tercer y último día de estancia de Sapa lo dediqué a alquilar una moto y hacer una ruta por las montañas. Ese día tuve una de las experiencias más intensas en mi vida y creo que no he estado nunca tan cerca de la muerte, es una confesión que hasta ahora había hecho a muy pocas personas.

Llevaba mucho tiempo con la idea en la cabeza de hacer una ruta en moto por las montañas de Vietnam. Desde que aprendí a conducir un moto en Saigón siempre soñé con viajar por las montañas más altas. Me encantaba coger la moto todas las mañanas para ir al trabajo y ser uno de los 4 millones de motoristas que invaden las calles de Ho Chi Minh City todos los días; tampoco es que tuviera otra elección, ya que se trata de una ciudad que está hecha para moverse en motocicleta.

Poco antes de viajar a Sapa le comenté mis planes a un amigo y este me contó que él había hecho una vez una ruta en moto por las montañas del noroeste de Vietnam bordeando la frontera con China y que había sido una experiencia increíble. Yo ya estaba medio decidido a hacerlo pero sus palabras terminaron de convencerme.



Así pues, el tercer día alquilé una moto en un taller que había junto al hotel y me puse rumbo en dirección opuesta a Lào Cai, la puerta de entrada a Sapa. Muchos son los viajeros que a su paso por Sapa deciden alquilar una moto para moverse un día por los alrededores, pero mi intención era distinta desde el principio. Quería llegar lo más lejos posible bajando el puerto de montaña de Tram Ton, el más alto de todo Vietnam, hasta alcanzar las tierras bajas de la provincia de Lai Châu. Un reto difícil pero no imposible. Durante los días previos estudié la geografía y me propuse llegar hasta Tam Duong, a unos 40 km de Sapa. Tampoco podía llegar muy lejos porque ese mismo día tenía que estar de regreso en Sapa a las 7 de la tarde para después ir a Lào Cai y coger el tren de vuelta a Hanoi.



La moto que alquilé era una Honda Wave. Era consciente de que no se trataba de la moto más adecuada para moverse por carreteras de montaña pero era a la que estaba más acostumbrado. Un moto de marchas y bastante manejable. El primer paso fue salir de Sapa por la carretera 4D y llegar a Thac Bac, la cascada de plata, que se encuentra a 5 km de distancia.



La cascada de Thac Bac es bastante espectacular, con una altura de 100 m. Es una de las atracciones más interesantes cerca de Sapa pero no quise entretenerme mucho porque todavía me quedaba mucho camino.



A los pies de la cascada encontré unos puestos de comida así que me tomé unos pinchos de carne a la brasa en previsión de que hasta que hubiera alcanzado el otro valle de la montaña podría no encontrar un restaurante. Y acerté...



Almorcé rápidamente y me puse de nuevo en camino. La carretera desde Sapa hasta el puerto de Tram Ton está en muy buen estado, con el firme bien asfaltado y con el borde vallado.



El puerto de Tram Ton, que podéis ver en la siguiente foto, está a unos 15 km de Sapa. Como he comentado antes se trata del puerto de montaña más alto de Vietnam, situado en la cara norte del Fansipan a unos 1.900 m de altura.



Cuando pasé el puerto y alcancé a divisar el otro lado de la montaña las vistas me dejaron sin respiración. El paisaje era espectacular. El contraste entre la vertiente que da a Sapa y la vertiente de Lai Châu es bastante fuerte, a un lado el tiempo está está siempre nublado y hace frío mientras que en el otro lado suele estar soleado y la temperatura es más cálida. El camino que veis a la derecha de la siguiente foto es la carretera por la que tenía que descender.



Fue pasar el puerto de montaña y la carretera cambió totalmente, el firme seguía estando asfaltado pero la calidad era peor.



Y unos cientos de metros más abajo la calidad empeoró aún más pasando a convertirse en un camino de grava.



Fue una sorpresa desagradable porque conduciendo una moto con ruedas lisas la adherencia era pésima y la carretera de descenso empezaba a tomar curvas pronunciadas.



Hasta el momento el trayecto había sido bastante tranquilo, no me había cruzado con ningún otro vehículo desde que había salido de Sapa. No tardé mucho en comprobar que esa mañana no era el único que circulaba por esa carretera de montaña.



La carretera 4D que une las provincias de Lào Cai y Lai Châu es transitada por camiones y autobuses de pasajeros que cubren la ruta entre las dos capitales. Girar una curva y encontrarte de frente con un autobús derrapando no tiene precio. El susto es monumental y los reflejos son extremamente importantes para reaccionar en cuestión de segundos y echarte a un lado de la calzada, en las carreteras de Vietnam todavía impera la "ley del más grande".



Unos cientos de metros más abajo vamos encontrando terrazas de arroz también a este lado del valle, no sólo en Sapa.



Cuando había descendido casi la totalidad del puerto de montaña empecé a encontrarme con obras y la carretera daba auténtica pena. Fue en este momento cuando ocurrió un desastre que recordaré durante toda mi vida, sufrí un accidente que a punto estuvo de costarme la vida.

Iba circulando detrás de un camión que iba lentísimo y me estaba tragando todo el polvo. Como yo iba más rápido pensé en adelantarlo, había suficiente espacio a los lados y la carretera, a pesar de ser de grava, era en línea recta. No pensé que había peligro alguno. Bajé la marcha y revolucioné la moto para conseguir más potencia y adelantar el camión, iría circulando a unos 70 km/h cuando de repente el firme de la carretera pasó a estar asfaltado pero completamente cubierto de arenilla arrastrada del camino de grava. Intenté frenar y la rueda delantera de la moto empezó a moverse de un lado para otro y me vi incapaz de controlar el volante. En ese preciso instante estaba adelantando al camión y no fui a parar debajo de las ruedas de puro milagro. En el último momento la rueda giró a la izquierda y la moto salió despedida hacia el exterior de la carretera y me caí al suelo.



Por supuesto, el conductor del camión ni se enteró y siguió la marcha y ahí me quedé tirado en el suelo con la respiración cortada por un fuerte golpe en el pecho. Al poco volví a respirar pero seguía sin ser consciente de mi situación. No sabía dónde había caído ni qué tipo de heridas había sufrido, todavía era demasiado pronto para sentir dolor. Tardé un par de minutos en levantarme del suelo y empecé a mirarme de abajo a arriba para comprobar lo que me había hecho. Un pequeño raspón en la rodilla y las palmas de las manos ensangrentadas (era con lo primero que había aterrizado). Intenté caminar y sentí un dolor intenso en la pierna derecha a la altura de la espinilla, creo que me había golpeado contra la moto al caer. No podía caminar sin sentir dolor pero dentro de lo cabe no había sufrido nada grave, simples magulladuras (lo de la espinilla resultó ser un poco más serio porque al cabo de unos días se me hinchó). Fue el momento de pensar en la moto...



La moto estaba en el suelo. Intenté levantarla y vi que se había salido un líquido del motor. Entonces me temí lo peor. Había llegado casi al fondo del valle y tenía que regresar a Sapa en pocas horas para poder volver a Hanoi en tren. Si la moto estaba estropeada sería mi fin, no conseguiría volver a tiempo. Dejé de preocuparme por el dolor que sentía y empecé a preocuparme más por la moto. Comprobé que los frenos funcionaban y que la dirección estaba enderezada, algo es algo. Intenté averiguar por dónde se había salido el líquido que había derramado en el suelo pero una vez estaba la moto de pie no goteaba por ningún sitio; igual no era nada. La cubierta frontal estaba partida pero lo puse en su sitio y no se notaba demasiado. Uno de los reposapiés se había doblado, el del lado hacia donde se había caído la moto. Intenté enderezarlo pero no podía.

En ese momento pasaron dos vietnamitas en moto y les hice una señal. Pararon y les expliqué que había intentado adelantar a un camión y que me había caído, todo en vietnamita básico claro. Me soltaron un Anh Khỏe Không? y la risa que me entró terminó de jorobarme aún más (en vietnamita Anh Khỏe Không? significa literalmente "¿tú estás sano?" pero suele usarse como saludo "¿qué tal?"). Les enseñé las manos llenas de sangre y les dije que necesitaba limpiarme con agua, luego les dije que mi moto estaba rota. Uno de ellos me ayudó a llegar hasta el borde de la carretera y bajar hasta el río, donde pude limpiarme las heridas. Empecé a escuchar golpes y al volver vi que el otro vietnamita estaba dándole golpes al reposapiés con una llave inglesa para enderezarlo. Puso la moto en marcha y voilá, funcionaba. Suspiré aliviado. Podía regresar a Sapa. Les di las gracias y antes de despedirme les pregunté cuánto faltaba para llegar a Tam Duong. Me dijeron que 5 km. Entonces me entraron dudas y me quedé pensando unos minutos. Estaba realmente jodido por el accidente, pero faltaban sólo 5 km para completar mi objetivo. Miré el reloj y vi que iba bien de tiempo. Miré un momento a mi alrededor y comprendí que estaba en una carretera perdida en mitad de las montañas de Vietnam y que probablemente no volvería allí en la vida. Entonces me dije a mí mismo "ahora o nunca". Me subí en la moto y me puse en marcha hacia Tam Duong.



Pronto llegué a una bifurcación y al rato entré en la provincia de Lai Châu. ¡Faltaba poco, ánimo! Mientras iba conduciendo el viento me secaba las lágrimas, que no sabía si eran por el dolor que sentía o por la emoción de estar tan cerca de conseguir mi objetivo.



Me encontraba en el fondo del valle, había alcanzado las tierras bajas y a lo lejos podía divisar una localidad, probablemente Tam Duong.



Terminé de recorrer los pocos kilómetros que me quedaban y por fin llegué a Tam Duong, ¡conseguido!



El pueblo no es muy grande y por las caras que ponían los vietnamitas al verme dudo que pasaran extranjeros por allí a menudo. El camino de entrada a Tam Duong era una estampa increíble, la carretera tenía extensos y verdes campos de arroz a cada lado.



Me paré a observar a los agricultores recogiendo el arroz ya crecido. La emoción me embargaba, tenía ante mis ojos el Vietnam rural, el Vietnam profundo, el que no sale en las fotografías de los turistas que regresan a casa desde el aeropuerto de Tân Sơn Nhất.





Miré hacia las montañas y las vi allí a lo lejos imponentes, desafiantes, como si tuvieran el propósito de disuadir a cualquiera que osara atravesar sus cumbres e ir más allá. Pero no tenía escapatoria, por muy poco que me gustase la idea tenía que regresar a Sapa y deshacer el camino volviendo a subir por aquella carretera de mala muerte.



Así que antes de emprender el camino de regreso grabé un video para que quedara constancia de la gesta.



El camino de ida me había llevado 2 horas pero el camino de regreso tendría que recorrerlo más rápido porque no me quedaba mucho tiempo. A las 7 tenía que estar listo en el hotel para que el minibús de Sapa me llevara a Lào Cai.



No hay miedo y no hay dolor. A partir de ese momento conducía contrarreloj así que me puse a toda velocidad. Faltaban 31 km para llegar a Sapa.



Iba controlando el velocímetro cuando me di cuenta de un terrible error, ¿cómo podía haber sido tan despistado? La gasolina. No me quedaba suficiente gasolina para regresar a Sapa, ¡lo que me faltaba!. Seguí conduciendo con la esperanza de encontrar una gasolinera y cual fue mi sorpresa al encontrarme una de bruces. La suerte me sonreía.



En efecto, esto, amigos, es una gasolinera. O más bien un puesto de gasolina. "Lleno por favor, y quédese con el cambio que voy con prisa".



Con el depósito lleno puse la moto a tope de velocidad y empecé el camino de ascenso por la carretera de la muerte. Afortunadamente descubrí que es más fácil subir un puerto de montaña en moto que bajarlo, controlaba mejor las curvas sin derrapar y los vehículos que subían iban a paso de tortuga por lo que era fácil adelantarlos. Estaba llegando al punto más alto del Puerto de Tram Ton y sorprendentemente había conseguido arañar minutos al reloj. Todavía quedaba tiempo para una foto de recuerdo. Estaba a 24 km de Sapa.



Terminé de subir el puerto y antes de pasar a la otra cara de la montaña eché un último vistazo atrás para comprobar la hazaña. En ese momento me invadió un gran sentimiento de orgullo.



Los 15 km desde Tram Ton a Sapa fueron un auténtico placer, estaba eufórico. Con la carretera en buen estado uno realmente disfruta tomando las curvas y conduciendo por la montaña. Con tiempo más que de sobra llegaba a Sapa sobre las 6 de la tarde. Había tardado sólo 1 hora y media en recorrer los 40 km que separan Sapa de Tam Duong.



Regresé al hotel y devolví la moto, el dueño del taller la revisó un poco por encima pero no se percató de los golpes, madre mía si supiera la castaña que me he dado... Hice el check-out en el hotel, recogí mi mochila y puntualmente pasó a recogerme el minibús que me llevaba a Lào Cai. Una vez allí, tomé el tren nocturno de vuelta a Hanoi. Con el recuerdo de los verdes campos de arroz de Tam Duong y el calor de las heridas aún presente me acosté en la cama, y esa noche dormí como nunca.



Había vivido la aventura más grande de mi vida.