martes, 20 de marzo de 2012

Raja Ampat, Día Tres - La Bahía de Aljui

Tercer día en Raja Ampat, de nuevo toca despertarse con las primeras luces del alba.



A las 6 de la mañana comenzó el ajetreo en la factoría de perlas donde habíamos acampado la noche anterior. Con gran generosidad y hospitalidad nos habían dejado pasar la noche en el embarcadero, pero llegado el día era momento de marcharnos.



Rumbo al norte a toda máquina. No había un minuto que perder, nos esperaba un largo camino por delante. Si todo iba según lo previsto, hoy sería el día que llegaríamos por fin a Pulau Wayag, el objetivo de nuestro viaje, después de tres jornadas de travesía.



Nos detuvimos un momento en Pulau Bianci para dejar a un militar que habíamos recogido en la factoría de perlas frente a Pulau Pef. Bianci era probablemente uno de los últimos poblados que nos encontraríamos al norte de Raja Ampat, sino el más remoto de todos. Según nos alejábamos de la isla de Nueva Guinea veíamos menos asentamientos, puesto que resulta más caro abastecerse de mercancías y provisiones.



El mar de Raja Ampat empezaba a parecerse ya al auténtico paraíso virgen que imaginábamos antes de venir. Nos cruzamos con pequeñas islas desiertas de esas en las que a uno no le importaría naufragar una temporada.



Tras 2 horas de travesía llegamos al primer punto del itinerario marcado para ese día, la bahía de Aljui. Se trata de una bahía al noroeste de la isla de Waigeo, un laberinto de recobecos que queríamos explorar.



Sobre las 9 de la mañana enfilamos la entrada de la bahía. El tiempo nos acompañaba, hacía un sol radiante y a esas horas el calor avisaba de que habría que untarse bien de crema sino queríamos terminar tostados.



Agus, nuestro patrón, nos dijo que antes de meternos en la bahía quería parar un momento en el embarcadero que se divisaba justo a la entrada.



No teníamos ni idea de lo que estaba hablando, pero corrigió el rumbo hacia el embarcadero. Al parecer se trataba de otra factoría de perlas, y nos dirigíamos al control de seguridad. No sospechábamos nada, pero estábamos a punto de vivir uno de los episodios más surrealistas del viaje.



En el embarcadero nos estaban esperando dos guardias de seguridad enfundados con pistolas. Agus se acercó y discutió con estos que queríamos entrar en la bahía. Su primera respuesta fue que allí no se podía entrar, que aquello era una zona privada. ¿¡De qué narices estaba hablando si aquello era una bahía natural!?



Insistimos en que éramos turistas y queríamos entrar sólo para admirar la bahía. Los guardias de seguridad hablaron entre ellos y acordaron que esperaríamos a que el jefe regresara y le pudiéramos preguntar. A los diez minutos apareció por el embarcadero un tipo australiano, el jefe del cotarro. Nos miró con cara rara, estábamos seguros de que se estaba preguntando cómo narices habíamos llegado hasta allí con un long-boat. Nos dijo que en la bahía no había mucho interesante que ver, salvo algunos cañones al fondo de la misma.



Pero buena parte de la bahía se dedicaba al cultivo de perlas, por esa misma razón no dejaban entrar a cualquiera. Trabajaban con mercancía valiosa y las medidas de seguridad eran muy estrictas. Dejamos bien claro que nuestras intenciones era buenas, únicamente queríamos entrar en la bahía para hacer fotos. Desde luego que no se nos pasaba por la cabeza robar perlas.



Debimos parecerle inofensivos, puesto que no se lo pensó demasiado y nos dijo que adelante, no sin antes advertirnos de que corríamos un serio peligro si nos acercábamos a cualquiera de las redes donde cultivaban perlas. No podía garantizar nuestra seguridad, nos dijo que sus guardias no se andaban con tonterías y que tenían permiso para abrir fuego contra cualquier embarcación que intentara acercarse a las redes de ostras y si intentábamos huir nos perseguirían. Por si no nos había quedado claro, hizo el gesto de metralleta con sus manos mientras disparaba ra-ta-ta. ¡Vaya, hombre! y yo que esa mañana me había olvidado de sacar el chaleco antibalas del fondo de la mochila.



El bueno de Agus también parecía un poco nervioso y propuso que lo mejor era marcharnos de allí, rumbo a Pulau Wayag. Aquello nos pareció más una muestra de su típica holgazanería que de cobardía, así que intentamos tranquilizarnos todos y decidimos que si dirigíamos el barco por el centro de la bahía, a una distancia prudencial de las redes, no debería haber ningún problema.



Así pues, con mucho cuidado nos adentramos en la bahía de Aljui. Aquí tenéis un vídeo que grabé cuando navegábamos por el interior. Era impresionante estar en el mar completamente rodeado por montañas. Os pido disculpas por la calidad del sonido, se oye demasiado viento. Podéis activar los subtítulos del vídeo.



La bahía estaba dividida en varias lagunas, queríamos llegar hasta la más interior de todas para ver los acantilados. Para ello teníamos que cruzar varios estrechos.



Tras cruzar el primer estrecho, el agua estaba en calma, no parecía que estuviéramos en el mar.



Llegar hasta el fondo de la bahía nos llevó más tiempo de lo esperado, y vació buena parte de nuestro depósito de gasolina. A la larga, el consumo superaría las previsiones y sería necesario comprar más gasolina para el camino de regreso a Sorong.



Pero merecía la pena haber llegado hasta allí. El paisaje de karts en Aljui con multitud de acantilados de piedra caliza cubiertos de árboles era todo un espectáculo.



Cuando llegamos justo al punto más interior de la bahía, el barco nos jugó una mala pasada y el motor comenzó a carraspear, tal y como nos había pasado nada más salir de Sorong. Al rato dejó de funcionar. Agus tuvo que ponerse manos a la obra para repararlo.



Nos los tomamos con buen humor, aunque en realidad estábamos en uno de los lugares más recónditos de Raja Ampat. Si nos quedábamos allí tirados podían pasar horas incluso días hasta que otro barco llegara tan adentro de la bahía. Agus consiguió arreglar el motor rápidamente y concluyó que el problema estaba en que le habían colado gasolina adulterada.



Ya era mediodía cuando dimos la vuelta y regresamos a la entrada de la bahía. Al salir de la laguna Agus notó el mar un poco picado, así que antes de abandonar Waigeo y cruzar mar abierto para llegar a Pulau Wayag quería que nos detuviésemos y esperásemos a hacerlo con las mejores condiciones posibles.



El único embarcadero que había por la zona era el de la factoría de perlas, así que nos acercamos y pedimos permiso subir y hacer tiempo. Mientras, prepararíamos el almuerzo. No les hizo mucha gracia que siguiéramos por allí rondando pero aún así nos dieron una hora de permiso para estar en el embarcadero.



El ritual de nuestras comidas y cenas era siempre el mismo. En primer lugar, fregar los utensilios con agua de mar. A continuación, echar agua mineral en la sarten para cocer la comida.



Durante una semana estuvimos alimentándonos casi a base de arroz y fideos con los distintos ingredientes que habíamos comprado en el supermercado el día que partimos de Sorong. Hoy, el menú eran fideos con tomate y atún. Algo rápido y sencillo, suficiente para llenar nuestros estómagos.



Cuando transcurrió la hora de permiso el mar seguía igual de picado, pero nos "invitaron" a abandonar el embarcadero. De todas formas el tiempo se nos echaba encima y con menos horas de luz navegar sería más complicado. Así pues, dejamos la bahía de Aljui rumbo a Pulau Wayag, nuestro destino final.



El archipiélago estaba sólo a un par de horas de Waigeo, pero atravesar el mar abierto con un long-boat entrañaba cierto peligro, ya que la embarcación era bastante ligera e inestable.



El cielo amenazaba tormenta y nuestros peores temores no tardaron en cumplirse. Justo cuando el GPS del móvil nos indicaba que estábamos a medio camino nos sorprendió una tormenta. Estábamos perdidos.



En un momento se puso a llover, un aguacero tremendo. Empezó a entrar agua en el barco, así que tuvimos que cerrar todas las ventanas. El oleaje movía el long-boat de un lado al otro, en algún momento nos asustamos porque pensamos que podíamos llegar a volcar. Para calmar el nerviosismo, intentamos tomárnoslo un poco de coña y grabamos este vídeo.



Estábamos tan cerca de Wayag que podíamos ver ya las primeras islas allí a lo lejos. ¡Casi lo habíamos conseguido!



Afortunadamente todo salió bien y conseguimos atravesar la tormenta. Fue un pequeño susto.



Rodeamos el archipiélago y encontramos el único rastro de civilización en las islas, el centro de Conservación Internacional de Raja Ampat.



Como ya comenté, la diversidad marina que presenta la zona de Raja Ampat, en el mar de Halmahera situado entre el archipiélago de las Molucas y la península conocida como Cabeza de Pájaro al noroeste de la isla de Papúa, es la más alta registrada en la Tierra. Mucho mayor que cualquier otro área del Triángulo de Coral integrado por Indonesia, Malasia, Filipinas, Papúa Nueva Guinea, las Islas Salomón y Timor Oriental, el cual es considerado como el corazón de la biodiversidad de arrecife de coral en el mundo. Por esta razón, se trata de una de las áreas de acción de máxima prioridad para Conservación Internacional y mantienen un centro de operaciones en Wayag, al norte de Raja Ampat.



Las instalaciones no son gran cosa, tan sólo algunas cabañas de madera y una mesa de convenciones. Disponen de conexión a internet vía satélite, electricidad por las noches a base de paneles solares y un motor de gasolina y el agua de los aseos proviene de lo que recogen cuando llueve. Suficiente para mantener un equipo de una docena de jóvenes.



Su labor es muy importante. Se dedican a garantizar la conservación de Pulau Wayag, una de las siete áreas marinas protegidas declaradas por el gobierno de Indonesia en mayo de 2007. Conservan un catálogo de especies marinas de Raja Ampat y desde allí ponen en marcha iniciativas educativas en la comunidad para mentalizar sobre lo importante que es la conservación. También organizan patrullas en las costas con el fin de evitar actividades marítimas ilegales como la caza con explosivos que puedan dañar el coral, la pesca furtiva de especies protegidas o el vertido de contaminación. El principal objetivo es mantener esta región lo más intacta posible, ya que se trata de uno de los ecosistemas más vírgenes del planeta. Como parte de su programa, nos ofrecieron servicio de guía para el día siguiente por el archipiélago y alojamiento en el campamento a cambio de realizar un donativo. Nos quedamos allí dos noches.



Después de llevar todo el día a bordo de un barco se agradecía pisar tierra firme de nuevo. Con la tranquilidad del atardecer nadie diría que hace unas horas habíamos estado luchando contra el mar en medio de una tormenta.



Por el momento, a pesar de sufrir algunos pequeños imprevistos todo estaba saliendo según la hoja de ruta, no podíamos creerlo. Estábamos teniendo tanta suerte con el viaje que no cabe duda de que alguien estaba rezando por nosotros.



Así concluía nuestro tercer día en Raja Ampat, otro día más cargado de emociones que nos hicieron caer rendidos a primera hora de la noche. Estábamos más o menos en el ecuador del viaje así que había que descansar bien.



Esa noche dormimos plácidamente. Habíamos conseguido el reto propuesto, llegar al archipiélago de Wayag, unos 200 km al nortoeste de Sorong, nada menos que a bordo de una embarcación long-boat, una hazaña de la que estar orgullosos.



El día siguiente lo dedicaríamos a recorrer los alrededores de Pulau Wayag. Comprobaríamos entonces si había merecido la pena viajar tan lejos para encontrar un lugar único en la Tierra. Estad atentos al próximo capítulo, que probablemente sea el mejor de la serie.

lunes, 19 de marzo de 2012

Raja Ampat, Día Dos - Buceo en la isla de Kri

7:00 am del segundo día de viaje. Buenos días, Raja Ampat.



Nos despertamos en una cabaña de bambú de Yenkoranu Homestay. Habíamos llegado la noche anterior desde Sorong. En un inesperado golpe de suerte, encontramos el homestay nada más llegar a la isla de Kri, cuando en la oscuridad más absoluta hubiera sido casi imposible encontrar un lugar donde anclar el barco y pasar la noche. Todo gracias a los preparativos del viaje, un acierto apuntar en el mapa la localización de algunos homestays en Raja Ampat por si acaso.



Gracias a la habilidad negociadora de Dani no nos salió muy cara la jugada, apenas Rp 350.000 por un cuarto para los tres, menos de 10€ por cabeza. Conseguir ese precio en un lugar como Raja Ampat, donde todo es ultra caro por los costes de transporte y abastecimiento entre las islas, se puede considerar una hazaña. Por el momento, cumplíamos con la política de viaje en plan low-cost.



Bueno, ¿y qué hacemos levantados tan temprano un día de vacaciones?. El madrugón tuvo una causa justificada. Ese mañana Javi y yo íbamos a hacer submarinismo. Justamente había pasado un año desde que nos sacamos la certificación de buceo PADI OPEN WATER en Ko Tao, Tailandia y ya era hora de sacarle partido.



Como había comentado anteriormente, en el archipiélago de Raja Ampat hay muy pocas infraestructuras turísticas, salvo cuatro resorts de lujo contados y unos pocos homestay. Obviamente, escuelas de submarinismo no hay ninguna, así que nos vimos obligados a recurrir a los resorts de lujo. Tuvimos suerte de que uno de ellos aceptara clientes que no fueran los propios huéspedes del hotel.



Se trata de Raja Ampat Dive Lodge, quizás el más "asequible" de los cuatro resorts de lujo. Está situado en Pulau Mansuar, la isla vecina a Pulau Kri. Apenas tardamos 15 minutos en llegar desde el homestay donde habíamos pasado la noche.



Nos presentamos así sin hacer reserva ni nada. Me había puesto en contacto con ellos por email unas semanas antes diciendo que estábamos interesados en hacer inmersiones y que llegaríamos al resort en barco por nuestra cuenta. Al principio se mostraron un poco reticentes por ser nosotros buceadores principiantes. Por lo general no aceptan divers con menos de 50 inmersiones ya que en Raja Ampat las corrientes submarinas son muy fuertes y se necesita cierta experiencia. Sin embargo, insistimos un poco y terminaron aceptando. Se ve que era temporada baja y no tenían muchos clientes.



No nos cogieron reserva, simplemente nos dijeron que nos pasáramos cualquier día por el resort antes de las 8:00 am que salían los botes. Consultamos los precios en su web, mínimo 2 inmersiones $50 cada una + $35 por el alquiler del material. Un poco caro para ser Indonesia, pero no queríamos dejar pasar la oportunidad de bucear en Raja Ampat.



Al margen de moverse entre las islas, hacer submarinismo en un paraíso natural y relativamente virgen como este ya es motivo suficiente para viajar a Raja Ampat. Este destino ocupa los primeros puestos en la lista de los diez mejores lugares del mundo para bucear, siendo quizás el número uno en cuanto a biodiversidad. De acuerdo con Conservación Internacional, la diversidad marina en el mar de Halmahera es la más alta registrada en la Tierra. Mucho mayor que cualquier otro área del Triángulo de Coral integrado por Indonesia, Malasia, Filipinas, Papúa Nueva Guinea, las Islas Salomón y Timor Oriental. Esta región está considerada como el corazón de la biodiversidad de arrecife de coral en el mundo y Raja Ampat es posiblemente de los ecosistemas más ricos. Nosotros queríamos comprobarlo con nuestros propios ojos, detrás de una máscara de buceo.



A las 8:00 partimos puntuales del resort, con nuestro dive master Kris guiando una expedición de cinco personas, tres alemanes bien entrados en los cincuenta y nosotros dos. Al principio quiso llevarnos al Manta Point, un punto que suelen frecuentar las mantas, una de los especies marinas más majestuosas que habitan los mares de Raja Ampat.



Nada más llegar vimos alguna manta a escasos metros de profundidad, no sabíamos cuánto tiempo durarían allí. Los alemanes se echaron al agua y descendieron rápidamente. Por problemas técnicos —el bueno de Javi tuvo un percance con una aleta—, nuestra inmersión se retrasó y perdimos el turno. No pasa nada, esperamos al segundo. Entonces de repente empezaron a llegar varios grupos de divers provenientes de barcos liveaboard. Con tanta actividad bajo el agua las mantas se espantaron y allí ya no había nada que ver.



Los alemanes propusieron hacer la siguiente inmersión en una zona más tranquila, sólo para nosotros. Así pues, pusimos rumbo a Arborek, un pequeño islote entre Pulau Kri y la gran isla de Waigeo. A 10 minutos de donde estábamos.



Ahora sí, llegaba el momento de hacer nuestra primera inmersión. Los nervios se entremezclaban con la excitación. Un año de espera había sido demasiado largo, no tenía que haber dejado pasar la oportunidad única de hacer submarinismo en Okinawa, Japón.



Como es habitual antes de cualquier inmersión, el dive master nos dio la sesión de briefing. El plan era zambullirnos a un lado del muelle, descender hasta los 18 metros y dejarnos llevar por la corriente en dirección oeste. Momentos de duda antes de tirarnos al agua, ¿cómo era aquello del chequeo pre-inmersion: Cada (Chaleco) Persona (Plomos) Trabaja (Tiras) Ayudando (Aire) al Otro (OK final)?



Todo salió bien. Una vez dentro del agua fue bastante fácil llegar hasta el máximo de profundidad ya que coincidía más o menos con el lecho. En cuanto a la diversidad marina, sin palabras, fue un espectáculo impresionante. Vimos corales muy vivos, almejas gigantes y una infinidad de peces que no sabría identificar, salvo quizás los peces payaso nadando entre anémonas, los ídolos moro, las morenas y algún que otro pez ballesta patrullando su territorio. En este vídeo podéis ver más o menos lo que nos encontramos.



Se supone que en estas aguas habitan diminutos caballitos de mar pero no acerté a ver ninguno. Me resultaba bastante difícil permanecer fijo en un punto del arrecife porque había algo de corriente y, aparte, siendo un principiante me cuesta todavía regular la flotabilidad simplemente con la respiración, así que dejaba algo de espacio para no acercarme demasiado y resultar golpeado contra las rocas.



Todo perfecto. Y a juzgar por la expresión de Javi al salir del agua, creo que también se lo pasó igual de bien que yo.



Ya que nuestra primera inmersión había sido tardía, tendríamos la segunda inmersión después de comer.



El segundo punto de inmersión fue en la punta de la isla de Kri. Aquí el arrecife de coral se extendía en forma de barranco hacia el fondo, de modo que había que controlar la profundidad. Como en la anterior inmersión, descenderíamos en un punto y nos dejaríamos arrastrar por la corriente hasta salir por el extremo de la isla. En esta ocasión, el dive master nos avisó de que la corriente sería bastante fuerte. No se quedó corto en absoluto, al llegar abajo la corriente literalmente nos arrastraba. Los primeros minutos hasta que logré alcanzar la profundidad máxima y reunirme con el resto del grupo fueron algo angustiosos. A partir de ahí, intenté relajarme, olvidarme del barranco del que no se veía fin a mis pies y dejarme llevar por la corriente sin hacer ningún sobreesfuerzo. De nuevo, vimos corales increibles y muchos tipos de peces, pero lo mejor fue encontrarnos con una enorme tortuga. Llegó justo de frente a mi altura y se paró a comer rascando su pico contra la roca. Estaba tan cerca que casi podía abrazarla, aunque por supuesto ni tocarla. Quería observarla durante un buen rato, así que para resistir la corriente no me quedó otra que aferrarme con fuerza a una roca del arrecife.



Al cabo de un rato continúe desplazándome por la pared del barranco hasta que me di cuenta de que el indicador de aire había entrado ya en la parte roja. Ascendí hasta asomar por la superficie y al poco Javi también. El barco nos vio y vino a buscarnos. Estábamos bastante lejos del punto donde nos habíamos zambullido. Con el cuerpo ya seco, pensé en lo que había dado de sí esta segunda inmersión. El momento de ver a la tortuga había sido un subidón, pero los primeros minutos luchando contra la corriente habían sido algo angustiosos mientras intentaba seguir al dive master y a los alemanes que caían al fondo como plomos. No me gustó haber pasado por aquella experiencia y al final me pareció que había sido una insensatez bastante grande bucear en condiciones extremas siendo un principiante, y con un dive master algo despreocupado debajo del agua. A pesar de todo, después de las dos inmersiones estaba muy satisfecho. Había merecido muchísimo la pena bucear en Raja Ampat.



Regresamos al resort, donde nos estaba esperando Dani, con Agus y el resto de la tripulación de nuestro barco. Devolvimos los trajes de buceo junto con el resto de material y nos despedimos. Subimos a bordo de nuestra embarcación y arrancamos. Rumbo al norte, continuando con nuestra travesía.



—Ahí van los locos que intentan llegar a Pulau Wayag en longboat—, decían.



Después de un día cargado de emociones submarinas, el mar todavía nos deparaba alguna sorpresa. El cielo había estado nublado durante los primeros días pero al final del segundo quiso ser generoso y se despejó, regalándonos uno de los atardeceres más bonitos que haya visto jamás.



Navegábamos sobre un mar completamente en calma. Los colores se reflejaban como si de un espejo se tratara, dando lugar a una ilusión. Fue uno de los momentos más mágicos del viaje. Con vosotros, Raja Ampat en estado puro.



El sol se puso en el horizonte y las nubes se tiñeron de rojo. El día daba paso a la noche y todavía nos quedaba una o dos horas hasta llegar a nuestro siguiente objetivo en el itinerario, las inmediaciones de Pulau Pef. Confiábamos en llegar con las últimas horas de luz y encontrar algún embarcadero donde pedir permiso para anclar el barco y pasar la noche. Sin embargo, a diferencia del día anterior sabíamos que no podríamos contar con la alternativa del homestay porque empezábamos a estar ya lejos de la civilización.



La noche sobrevino más rápido de lo que esperábamos y una vez más nos encontramos en mitad del mar sin otra luz que nuestra linterna para guiarnos. Habíamos cometido por segunda vez el mismo error. En fin, lamentarse no servía de nada.



Llegamos a Pulau Pef y dimos vueltas y vueltas hasta encontrar un embarcadero con luz. Nos acercamos a preguntar, a ver si teníamos tanta suerte como el día anterior. Al principio parecía que no iba a ser así. Se mostraron algo hostiles, nos dijeron que aquello era un recinto privado y que no podíamos acampar. Al parecer, se trataba de una factoría de ostras.



Pedimos que nos condujeran hasta el jefe y le contamos nuestra película, queremos llegar a Wayag y no tenemos dónde pasar la noche. Cual fue mi sorpresa al descubrir que el tipo era japonés. Supervisaba un laboratorio de investigación para el cultivo de perlas. Por si alguno no lo sabe, el cultivo comercial de perlas fue una tecnología desarrollada por los japoneses en la década de 1920 y más tarde extendida bajo su control por toda la cuenca asiática del océano Pacífico.



En cuanto me presenté y le dijé que yo era estudiante de investigación en Japón el tono de la conversación cambió radicalmente. ¡El tipo conocía a varios profesores de la Universidad de Tsukuba! En un momento ya nos estaba sacando umeshu y ofreciendo cervezas. Estuvimos hablando durante un buen rato. Mi japonés no es para tirar cohetes pero suficiente para una conversación casual. Hablamos del tiempo que llevaba fuera de Japón, de su labor de investigación, de cómo había vivido el terremoto y tsunami del 11 de Marzo. Le pilló en Raja Ampat. Tenía conectada la NHK por satélite y se enteró unas cuantas horas después, justo cuando el tsunami llegaba a Indonesia. En el norte de la isla de Papúa alcanzó unos 50 cm, que no fue poco. Estas y otras conversaciones me animaron bastante y me hicieron ver lo mucho que he progresado en japonés.

Al final de la conversación el tipo nos dijo que por supuesto podíamos quedarnos a pasar la noche. Incluso nos ofreció una habitación donde dormir, pero humildemente la rechazamos y le dijimos que durmiendo en el embarcadero estaríamos bien. Luego nos arrepentimos de haber sido tan humildes, el embarcadero no resultaba cómodo en absoluto. Durante toda la noche tenía que estar allí un señor con la luz encendida manejando una radio. Después de la cena, Dani y Javi intentaron dormir allí. Yo regresé al barco, eché la colchoneta sobre el suelo y con medio cuerpo al descubierto me dormí mirando las estrellas.



Y esa es la historia de cómo conseguimos alojamiento el segundo día. Nada menos que el embarcadero de una factoría de perlas, alojamiento de lujo.



Al tercer día nos esperaba un largo trayecto, ¿qué aventuras nos tendría reservadas Raja Ampat? Tendréis que esperar hasta el próximo post para averiguarlo.

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